
Pensé que estaba haciendo el duelo mi separación, pero terminé encontrando la raíz de una herida mucho más profunda.
Pensé que estaba atravesando el dolor de una separación, el cierre de una historia, la despedida de una persona, de una etapa, de una forma de vida.
Pero mientras más me permití mirar, escribir, sentir, duelar, pasar por todas las etapas, desde el amor y la gratitud, mas y mas bajaba a capas más profundas de una verdad que estaba oculta, entendí que este duelo no venía solamente a hablarme de amor de pareja.
Venía a mostrarme una herida mucho más antigua.
Me apoye de medicina ancestral femenina, de somatica, de terapia del alma, escritura, liberación emocional, gestalt, es decir me aplique todas las herramientas a mi mano y me di a la experiencia de sentir todo.
Termine bajando capa por capa y lo primero con lo que me encontré fue con que mi manera auténtica de existir siempre terminaba siendo cuestionada.
Debajo del duelo no solo había el dolor de que una relación llegara a su fin y cerrar un capítulo muy importante en mi vida.
Era mirar cómo, una vez más, me había encontrado dentro de un vínculo donde mi forma de pensar, de hablar, de vivir, de maternar, de amar, de moverme por el mundo, de mirar la vida y de sostener mi espiritualidad parecía necesitar explicación, defensa o corrección constante.
Y eso me llevó a una comprensión muy profunda:
la herida de indignidad no siempre se vive como “soy poca cosa”.
A veces se vive como:
“Siento que soy incorrecta por existir como existo.”
Durante años yo había hablado de heridas, de trauma, de vínculos, de alma, de sanación, de lo femenino, de la soberanía.
Hace 5 años me senté en mi altar frente a Maria Magdalena por 16 horas y no me levante hasta que yo no pude nombras por primera vez esta herida que estaba clavada en lo profundo de mi y no sabia explicar, y fue ella, Maria Magdalena quien me dijo eso que sientes es INDIGNIDAD, y lo hemos sentido todas.
Y si bien en ese momento hice una liberación grande de aquella energía de esta herida que me atravesaba, pues parecia que habia mas y fue el momento de mirarla nuevamente a la cara, no quería quedarme en la teoría, ni en la versión psicológica de la rotura.
No quería nombrar lo que me pasó solo desde conceptos bonitos o espirituales.
Necesitaba llegar al fondo.
Porque sentía que había algo más.
Había algo debajo de la ruptura.
Había algo debajo de la paz de los primeros meses y de la rabia que también broto en su momento.
Había algo debajo del cansancio que sentía en los últimos meses de convivencia.
Había algo debajo de la pregunta: ¿cómo no lo vi?, yo sentia que habia pasado muchas cosas que eran obvias, pero que quizás justifique o le meti demasiada compasión.
Y cuando empecé a mirar de verdad, entendí que muchas veces sí lo había visto. O por lo menos, mi cuerpo lo había visto antes que mi mente.
Cuando llegué a Inglaterra, estaba en una etapa de mucha supervivencia. Estaba en un país nuevo, sin manejar bien el idioma, sin sentir que sabía cómo moverme sola, sin una red suficiente, con miedo de no poder sostener mi vida por mí misma en ese lugar.
Todo era un miedo que estaba en mi mente y al que le tuve que hacer frente, me costó lo suyo y me trajo mucho aprendizaje, pero transite esa sensación de vulnerabilidad, que hizo que ciertas cosas se volvieran más difíciles de mirar.
Red flags que en otro momento de mi vida quizás habría nombrado más rápido, allí las minimicé.
Las expliqué.
Les di contexto.
Pensé: “es inseguridad”, “es su herida”, “se puede trabajar”, “no es para tanto”, “necesita tiempo”.
Me considero experta en ver las micro alertas, pero no contaba que cuando se entra en supervivencia real o simbólica todo cambia de color y ya nada se percibe igual.
Pero hoy entiendo algo que me da mucha compasión por mí misma:
no es que no supiera.
Es que una parte de mí necesitaba no ver del todo, porque ver del todo significaba enfrentar una pregunta que en ese momento me daba mucho miedo:
¿Tengo la energía suficiente para empezar una vida sola aquí?
A veces no vemos porque estamos ciegas, muchas veces no vemos porque estamos sobreviviendo.
Y esa comprensión me cambió completamente la manera de mirar mi proceso.
Ojo, yo no me creía en supervivencia, por que yo no estaba pasando ningún proceso material o económico dificil.
Emigrar a otro pais asi sea por amor, con todo ordenado y organizado y sin mayores problemas en la materia, sigue siendo un proceso de alta intensidad emocional, se pierde una vida entera, se entra en duelo, en vacío, se deja toda una vida atras, y a eso sumarle que dejó todo para iniciar una vida nueva en otro país y iniciar una relación, me mande una locura grande desde la visión de mi mente.
Y una de las mayores iniciaciones de mi vida segun mi alma, esto era plan de mi alma y como fuera lo iba a vivir.
Durante algunas semanas después de la separación y empezar a echar las cuentas de que me enseño desde lo lindo y que me enseñó desde el dolor una parte de mí se empezó a cuestionar mucho con preguntas como:
¿ En Serio me volvio a pasar otra vez?
¿cómo no fui consciente?
¿cómo no vi todo esto desde el principio?
¿Cómo fue que lo vi y lo negocie, justifique, minimice?
Pero quedarme en compasión dejando que la respuesta a estas preguntas emergiera, entonces dio su fruto y pude verlo con más profundidad.
Mi sistema nervioso estaba buscando seguridad.
Estaba intentando sostener una vida nueva.
Estaba intentando no atravesar de nuevo el dolor de una relación donde tendría que poner límites severos, quizás dolorosos, quizás muy confrontadores.
Y ahí entendí que muchas veces no permanecemos en ciertos vínculos porque estemos bien.
Permanecemos porque todavía no sentimos que tengamos suficiente seguridad para irnos.
Y más cuando en mi caso lo bueno pesaba muchisimo.
Luego vino otra capa.
Cuando la relación empezó a romperse más profundamente, mi cuerpo empezó a retirarse.
Yo ya no quería dormir con él.
Empecé a evitar la intimidad.
Me refugié en el trabajo.
Viajaba más.
Estaba menos en casa.
Me encerraba en mi mundo espiritual.
Sostenía mi propósito, mis procesos, mis proyectos, mi servicio, mis espacios.
Y mientras tanto, mi vida emocional concreta se iba fracturando.
Esto fue una de las comprensiones más importantes y más honestas de mi proceso:
a veces usé la espiritualidad como refugio, se siente también estás bajo el manto de la madre divina, pero esa fue otra de las grandes enseñanzas, no puedo huir a planos elevados, cuando tengo aprendizajes terrenales que hacer.
La espiritualidad también puede convertirse en un lugar donde esconderse del dolor humano que todavía no queremos mirar de frente.
Podemos meditar, canalizar, acompañar, servir, escribir, crear, sostener espacios, hablar del alma… y aun así estar evitando una conversación incómoda.
Aun así estar postergando una decisión.
Aun así estar ignorando lo que el cuerpo lleva meses diciendo.
Y mi cuerpo lo estaba diciendo.
Mi cuerpo decía:
“Estoy cansada.”
“Esto me drena.”
“Me siento mejor cuando estoy sola.”
“Hay algo aquí que ya no se siente como amor.”
Pero mi mente seguía intentando comprender.
Y mi compasión seguía intentando sostener.
Llego un dia que dije con mucha claridad:
“No me siento vista.
No me siento reconocida.
No me siento celebrada.
No me siento amada.”
Y me fui y mi excesos de compasión y de entender al otro, hizo que pasara por encima de mi y minimice mis palabras y las alertas de mi cuerpo, es decir puse a la otra persona por encima de mi.
Esa frase que dije, no era una reacción. Era una verdad que venía desde lo profundo del cuerpo y del alma.
Pero cuando la otra persona volvió, pidió perdón, mostró dolor, mostró vulnerabilidad, se abrió otra parte de mí.
La parte compasiva.
La parte que ve la herida del otro.
La parte que entiende demasiado.
La parte que puede mirar al niño herido detrás del hombre.
La parte que no quiere abandonar a alguien cuando sufre.
Y ahí vi otro de mis patrones más importantes:
muchas veces no volvía por amor de pareja.
Volvía por compasión.
Volvía porque ver al otro sufrir me dolia mucho, no me queria sentir la causante de ese dolor en el otro, prefería sacrificarme yo, yo que sabía manejar mejor las situaciones emocionales.
Volvía porque me costaba sostener mi verdad cuando el otro se rompía frente a mí.
Volvía porque una parte de mí pensaba que comprender el dolor de alguien significaba darle otra oportunidad.
Y en mi proceso de duelo me tocó comprender esto que me atravesó profundamente:
la compasión sin límites puede convertirse en autoabandono.
Y esta frase me abrió una puerta enorme.
Porque yo no quiero dejar de ser compasiva.
No quiero endurecerme.
No quiero convertirme en una mujer fría, cerrada o incapaz de ver el dolor humano del otro.
Pero sí necesito aprender que mi compasión no puede volver a estar por encima de mi cuerpo, de mi dignidad y de mi verdad.
Puedo comprender a alguien y aun así irme.
Puedo amar partes de alguien y aun así reconocer que ese vínculo ya no es sano para mí.
Puedo sentir el dolor del otro sin sacrificar mi paz.
Puedo honrar la historia de una persona sin permitir que su historia gobierne mi vida.
Y creo que este fue uno de los aprendizajes espirituales más grandes de este duelo.
Mi aprendizaje no era sanar hombres.
Mi aprendizaje no era rescatar almas heridas.
Mi aprendizaje no era sostener vínculos a cualquier precio.
Mi aprendizaje era dejar de traicionarme para conservar amor, vínculo o pertenencia.
Y ahí apareció otra palabra central en mi proceso:
soberanía.
Soberanía mental.
Soberanía emocional.
Soberanía corporal.
Soberanía energética.
Soberanía espiritual.
La soberanía mental es el derecho a pensar desde mi propio criterio sin que alguien intente corregir, colonizar o refutar mi forma de ver la vida.
Es no tener que defender constantemente mi percepción.
Es no permitir que alguien me haga dudar de lo que sé que viví,
de lo que siento o de lo que veo.
La soberanía corporal es escuchar el cuerpo cuando se apaga.
Cuando se cierra.
Cuando pierde deseo.
Cuando evita.
Cuando se cansa.
Cuando siente alivio lejos de una persona.
Cuando necesita distancia.
El cuerpo no explica con palabras, habla con síntomas, con cansancio, con rechazo, con contracción, con insomnio, con desconexión, con ausencia de deseo, con necesidad de huida.
Y uno de mis mayores aprendizajes fue este:
mi cuerpo sabía antes que mi mente.
Mi mente todavía estaba justificando, analizando, comprendiendo, esperando que las cosas fueran cambiando.
Mi cuerpo ya había dicho no.
La soberanía emocional es poder sentir sin que mis emociones sean usadas en mi contra.
Es no permitir que mi rabia, mi dolor o mi reacción sean sacadas de contexto para negar lo que las provocó.
Porque muchas veces, en dinámicas dañinas, la mujer termina reaccionando desde el agotamiento y luego esa reacción se usa como prueba de que ella es el problema.
Y eso también necesitaba verlo.
Y lejos estoy de querer justificar, por qué en todo el viaje de este proceso he reconocido la luz y el amor en ambas partes y nunca he buscado culpables, esto va de mis aprendizajes a través de esta experiencia sentimental.
La soberanía energética es no permanecer donde mi vida se drena.
Donde necesito explicarme demasiado.
Donde tengo que bajar mi brillo, mi fuerza, mi expansión, mi libertad o mi manera de ser para que el otro no se sienta incómodo.
Y la soberanía espiritual es quizás la más profunda para mí:
no usar mi camino espiritual para escapar de la verdad humana que necesito mirar.
Porque la espiritualidad verdadera no me saca de la vida.
Me hace más responsable dentro de ella.
Me ayuda a encarnar.
A mirar.
A poner límites.
A sostener conversaciones incómodas.
A elegir con claridad.
A no negar lo que el cuerpo y el alma ya saben.
Y en medio de todo este proceso llegué a una raíz muy profunda:
la herida de indignidad.
La indignidad, para mí, se manifestó como la experiencia de sentir que mi naturaleza auténtica tenía que ser corregida para poder ser amada.
Como si mi forma de existir incomodara.
Como si mi libertad fuera demasiado.
Como si mi pensamiento fuera demasiado.
Como si mi espiritualidad fuera demasiado.
Como si mi forma de maternar, viajar, hablar, decidir, vivir, sentir y mirar el mundo necesitará pasar por un tribunal constante.
Y eso desgasta profundamente.
Porque no hace falta que alguien destruya tu autoestima para hacerte daño, yo mi autoestima la tengo muy bien colocada,
pero aveces el daño ocurre porque tienes que defender tu identidad todos los días.
Porque tienes que explicar quién eres.
Porque tu diferencia es constantemente cuestionada.
Porque tu manera de vivir no cabe en el molde del otro.
Porque sientes que para estar en paz tendrías que hacerte más normal, más pequeña, más dócil, más explicable.
Y ahí entendí algo muy grande:
mi herida no era “no me aman”.
Era:
“me hacen sentir incorrecta por ser quien soy.”
Y quizás muchas mujeres puedan reconocerse aquí.
Mujeres que no se sienten necesariamente débiles.
Mujeres que saben que tienen fuerza.
Mujeres que tienen criterio, intuición, visión, profundidad, sensibilidad.
Pero que han vivido relaciones donde se les exige justificar demasiado su existencia.
Mujeres que han sido juzgadas por su libertad.
Por su sexualidad.
Por su manera de hablar.
Por su maternidad.
Por sus decisiones.
Por sus viajes.
Por sus sueños.
Por su espiritualidad.
Por no ser “una mujer normal”.
Y llega un punto en el que una se cansa.
No porque dude de mi o de mi forma de ser.
Sino porque vivir bajo una mirada crítica, desconfiada o correctiva drena el alma.
Este duelo me ayudó a ver que yo no necesito convencer a nadie de que mi forma de existir es válida, pero fue en este duelo que le pude poner palabras a esto que hoy puedo describir aquí y fue lo que por años repetí con otras personas, incluso mujeres, incluso mis padres.
No necesito explicar mi alma a quien ya está incómodo con mi naturaleza.
No necesito permanecer en vínculos donde mi cuerpo se apaga.
No necesito salvar a nadie para demostrar amor.
No necesito volver a elegir la compasión por el otro si eso significa abandonarme a mí.
Esta fue la mayor comprensión espiritual:
mi materia de vida es la encarnación de la soberanía femenina.
Elegirme cuando alguien se incomoda con mi verdad.
Escuchar mi cuerpo antes de llegar al agotamiento.
Irme cuando ya no me siento vista, reconocida, celebrada ni amada, desde el alma, aunque la mente aun queira justificar.
No volver por culpa.
No volver por compasión.
No volver porque el otro llora.
No volver porque entiendo su herida.
No volver a negociar mi dignidad para sostener un vínculo.
Y si tuviera que resumir el aprendizaje de este duelo, lo diría así:
yo no estaba haciendo solamente el duelo de una relación.
Estaba haciendo el duelo de todas las veces que me abandoné intentando ser comprendida o aceptada.
Y al mismo tiempo, estaba recuperando:
Mi derecho a existir plenamente como soy.
Porque a veces los duelos, cuando se atraviesan de verdad, no vienen solamente a cerrar una historia.
Vienen a revelar una vida entera.
Vienen a mostrar el patrón.
Vienen a mostrar la herida.
Vienen a mostrar dónde dejamos de escucharnos.
Y también vienen a devolvernos a nosotras mismas.
Hoy entiendo que el amor no puede seguir costándome mi soberanía.
La compasión no puede seguir costándome mi cuerpo.
Y mi diferencia no necesita permiso para existir.
Quizás esta sea la medicina más grande que me dejó este proceso:
no vine a esta vida a reducirme para ser aceptada.
Vine a aprender a habitar mi verdad sin traicionarme en el intento de ser amada.
Y a raíz de este trabajo de duelo tan profundo que vivi. pude nombrar mucho mejor la herida de la INDIGNIDAD, y en el video te comparto mi visión y mi reflexión sobre esta herida tan desconocida poco nombrada y en la que estoy segura tantas mujeres nos espejamos,
amare que llegues al final del video y me dejes un comentario sobre que se te mueve sobre esta herida y todo lo que me quieras compartir al respecto,
Nos amo hermanas
Gracias por llegar hasta aquí.
Movimiento Diosa | Margarita Giraldo ® 2025 | Política de Privacidad | Términos y Condiciones | By Conceptiva Digital